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Revista Nº 17
TEMAS
 
De la Libreta de Familia

Entre la gente sencilla, la libreta de familia cumple una importante función que va mas allá de su carácter probatorio. Para personas poco habituadas a las abstracciones, instituciones jurídicas como el matrimonio o la filiación no pueden concebirse sin una representación material, y este es el rol que desempeña la libreta de familia, con toda la dignidad oficial que le otorga el escudo nacional de su portada, y los numerosos timbres y sellos funcionarios que colorean sus páginas. En la práctica, el matrimonio y la filiación se "corporifican" en la libreta de familia y se confunden con ésta.

Es así como en el lenguaje popular, el termino "con libreta" es sinónimo de matrimonio, y "pasar por la libreta" significa reconocer un hijo extramatrimonial. Es más, aún subsiste la creencia acerca de que la destrucción de la libreta implica la anulación irreversible del matrimonio.

Pues bien, recientemente y con ocasión de los tramites de posesión efectiva de una tía muy querida, llegó a mis manos la libreta de familia. Se trataba de un ejemplar de tapas verdes, encuadernado por medio de dos corchetes herrumbrosos que con el paso del tiempo habían teñido con un orín naranjo las páginas centrales. Según se leía en la tapa posterior, correspondía a una de 250.000 libretas impresas en 1930 en la Dirección General de Talleres Fiscales de Prisiones.

La tristeza por el fallecimiento de mi tía, por quien sentía un particular afecto, me hizo hojear la libreta pensando en las numerosas veces que la tuvo en sus manos. Y mientras distraídamente hurgaba, advertí que en la primera página se consignaban algunas recomendaciones a los futuros padres sobre el embarazo y crianza de los niños, propios de una época en que el Estado asumía un rol paternalista de instrucción y educación del pueblo.

Así, sobre el embarazo se recomendaba lo siguiente:
"El niño será tanto más sano cuanto más se cuide la mujer durante el embarazo: vida tranquila, ejercicio moderado, comida sana, pocas fiestas, pocos malos ratos, pocas emociones violentas, poca actividad sexual. Los quehaceres domésticos no perjudican su estado".

Considerando que mi tía fue bastante prolífica, no pude evitar sonreír, adivinando los esfuerzos que habrá tenido que desplegar para racionar al tío las dosis del dulce remedio de la concupiscencia durante sus numerosos embarazos, por seguir a pie juntillas los consejos de la libreta ("poca actividad sexual").

Y a mi tío, en sutil venganza por las privaciones de la carne sugeridas por la bendita libreta, lo imaginé usándola como excusa para ir solo y con pícaras intenciones a una fiesta (pocas fiestas) y no bastando con esto, enrostrar a mi tía que según la libreta, la preñez no constituía excusa suficiente para que su camisa no estuviera impecablemente planchada ("...los quehaceres domésticos no perjudican su estado" ).

Continué la lectura, advirtiendo que sobre el niño se aconseja lo siguiente: "Debe dormir solo y con moderado abrigo. No pasearlo ni mecerlo para que se duerma. Debe alimentarse a horas fijas en el día; en la noche su estómago descansará por lo menos 7 horas. Si el niño duerme a la hora de su alimento, se le despertará y si llora, antes de la hora, se le enseñará a esperar...el niño necesita mucho aire libre. ¡Nada de encierros !. Si el niño pasa al aire libre y en la noche duerme con la ventana ampliamente abierta, se robustecerá y no se resfriará sino muy raras veces".

"Evite el beso a su niño. El beso como la mosca, el otro gran enemigo de los pequeñuelos, puede transmitirle las enfermedades más graves: tifus, tuberculosis, disenterías, etc.".

En ese momento me estremecí con un escalofrío de espanto. Vislumbré la aterradora imagen de mis primos en su tierna infancia, sometidos por los dictados de la libreta a un régimen de cuartel militar: horarios de comida inflexibles (..."debe alimentarse a horas fijas"), sollozos de hambre ignorados (... "se le enseñará a esperar"...). Vi a los pobrecitos intentando conciliar el sueño, sin que nadie les meciera la cuna ("..no pasearlo ni mecerlo para que se duerma.."), y producto del agotamiento provocado por el llanto desgarrador, logran al fin cerrar los ojos, para ser despertados abruptamente por la llegada inexorable de la hora de la "papa" ("..si duerme a la hora de su alimento, se le despertará.. "). Y todo ello sin un beso acogedor que los reconfortara ("..evite el beso a su niño.."). Y sentí el frío de la noche invernal, con las ráfagas de viento helado entrando a raudales por la ventana abierta de par en par, clavando sus crueles dientes en las cunitas de mis primos ("El niño necesita mucho aire libre. Nada de encierros...ventana ampliamente abierta").

La libreta también contenía recomendaciones para los padres, a saber:
"Para tener un hijo sano los padres deben ser jóvenes y sanos de cuerpo y espíritu.

"Si Ud. es sifilítico, tuberculoso, alcohólico o toxicómano ( cocaína, morfina, éter, etc.) no engendre un hijo antes de haberse puesto en curación. La sífilis, el alcoholismo, la toxicomanía degeneran la raza y producen en los hijos atraso intelectual, instintos perversos, locura, epilepsia, etc."

Nil novi sub sole, pensé. Quizás el repertorio de enfermedades y de drogas ha cambiado con los años, pero en su esencia es el mismo ser humano, frágil en su contextura física y en su voluntad. Me llamaron la atención, sin embargo, algunas cosas. De partida la preocupación por la "raza", palabra que muy pronto se haría peligrosamente sospechosa por los horrores que en la próxima guerra mundial se cometerían en su nombre. Luego me detuve en la expresión "toxicómano", actualmente substituida por "drogadicto". Quizás era más exacta, ya que el vocablo describía con mejor precisión al terrible flagelo: manía por lo tóxico, es decir, obsesión por lo venenoso. Por último, advertí que la adicción al éter no ha sido erradicada, sino solamente substituida por el actual "zapping" televisivo, que produce idénticas sensaciones de modorra intelectual.

Y de pronto, a boca de jarro me encontré entre las recomendaciones con una frase para el bronce:
"Si Ud. tiene desviaciones del instinto sexual no tenga hijos, porque ellos serán como Ud. unos desgraciados".
¡O tempora! ¡O mores! ¿Cabría imaginar siquiera una recomendación semejante en nuestros días, en que la tendencia de los países más avanzados es a garantizar constitucionalmente el derecho de toda persona a no ser discriminada por sus "hábitos sexuales"?

El súbito llamado telefónico de un cliente terminó mi examen de la libreta de familia. En ese instante reflexioné que lo más probable es que mi tía nunca haya seguido los consejos de la libreta. En efecto, mis primos son aficionados a los "picoteos" y a las comidas a deshora, demuestran exageradamente sus afectos con fuertes abrazos y besos salivosos, y sufren corrientemente de resfríos "llorados", lo que los lleva a mantener sus casas calefaccionadas hasta la sofocación y herméticamente cerradas durante todo el invierno.

Por otra parte, no se sabe que mi tío haya sufrido crisis de melancolía durante los numerosos embarazos de mi tía.
Tampoco les resultarían útiles las recomendaciones para preservar la salud de la raza, ya que con certeza mis parientes no padecían de enfermedades y vicios. La mejor prueba de ello es que su numerosa descendencia ha sido sana de cuerpo y espíritu, y hasta donde sé, no padecen de "instintos perversos" (con la salvedad de una de mis primas que salió irremediablemente peladora, y ese primo que ocasionalmente "pega sablazos").

Quizás el único consejo de la libreta que mis tíos siguieron con fidelidad es el siguiente, válido todavía para nuestros días:
"Piense en que la felicidad de sus hijos está en que les transmita una herencia de salud corporal y espiritual mejor que una herencia de dinero o situación social "
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