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Revista Nº 16
ENTREVISTA
 
Víctor Hernández Rioseco
La Justicia
requiere una reforma

En tiempos difíciles para la magistratura, cuando la crítica de los medios de comunicación arrecia por el desempeño funcionario, con la libertad que da la abogacía pareció conveniente traer a primer plano la figura de un juez que cumplió en provincia su misión de juzgar. Al descorrer el velo de una intimidad, se trataba de conocer su perfil humano. Don Víctor Hernández Rioseco, que durante 50 años de su vida buscó en el proceso, pacientemente pero con ahínco, la verdad de otros, al haber terminado su tarea tenía el derecho a manifestar su verdad personal.

Casado, con cuatro hijos, dos de ellos siguiéndole los pasos en la carrera judicial, este respetado juez nació el 25 de noviembre de 1917 en Curanilahue. Después de cursar sus primeros estudios en la Escuela Pública de ese pueblo minero, prosiguió su educación en el Seminario Conciliar de Concepción y luego en el Liceo "Enrique Molina Garmendia" de esa ciudad. Realizó los primeros tres años de Derecho en la Universidad de Concepción, hasta que el terremoto de 1939 le cambió como a muchos, el curso de su vida y decidió terminar su carrera en Santiago en la Universidad de Chile.

Es la capital la que ha marcado dos grandes hitos en la vida de don Víctor Hernández. En el comienzo, cuando como joven de provincia debió encontrar un futuro con su título bajo el brazo, y en la cúspide, como Ministro de la Corte Suprema, que lo arrancó de sus tierras y que pese a todo, creó lazos invisibles que aún lo mantienen en Santiago. -¿Cómo se manifiesta su vocación judicial?

-Debido a un hecho fortuito en mi vida. Me faltaban relaciones y gente conocida en Santiago. Venía de provincia y no conocía a nadie. Tenía el título en la mano y no hallaba qué hacer con él. Un abogado requiere conexiones para poder surgir. Empecé a pensar en qué sería lo más seguro para mí. Había conocido al hijo de un juez y me parecía interesante lo que hacía. Así decidí ingresar a la carrera judicial. Mi primer cargo fue en el Juzgado de Quirihue, donde estuve nueve meses. Después me nombraron Juez de Letras de Menor Cuantía en Curanilahue, esa categoría hoy no existe.

-¿Buscaba volver a su casa?

-Llegué al mismo pueblo, más por circunstancias de la vida que por habérmelo propuesto. La vida en Quirihue era triste, muy falta de comodidades, apenas teníamos agua. La comida que nos daban en una buena pensión, era malita. Así que cuando hubo oportunidad de postular a otro cargo, lo hice. Y llegué a Curanilahue. Todavía estaba mi padre, era una tranquilidad y una gran comodidad.

-¿Qué tan importante es el conocimiento del Derecho que debe tener un juez?

-Generalmente los jueces se inician cuando recién obtienen el título de abogado. Yo reconozco y esto es anecdótico, que cuando empecé como Secretario no sabía dictar sentencia. Recibí a los dos o tres meses, una petición de informe de la Corte de Apelaciones de Chillán. Con toda inocencia contesté que no dictaba fallos todavía porque no me encontraba absolutamente preparado para eso, pero que estaba estudiando firmemente a fin de en pocos días más, empezar a dictar todos los fallos que tenía pendientes. Hasta el día de hoy, no recibo ninguna respuesta a mi carta. ¡En los tiempos actuales, simplemente habría significado mi destitución!.

-¿Es la experiencia entonces, lo más importante?

-La experiencia, si uno la tuviera, habría sido un arma importantísima para hacer las cosas bien. Los jueces entrábamos muy jóvenes, sin nada de experiencia, sólo estudios teóricos. Llegaba con la cabeza llena de conocimientos jurídicos, pero la función judicial y la de los abogados es distinta. Para aplicar estos conocimientos se requiere experiencia. No cualquier abogado puede ser juez.

-¿Qué juicio le merece la creación de la Academia Judicial?

-Es un logro importantísimo. Un adelanto enorme que ha llenado un vacío grande. Prepara al futuro juez para que no pase lo que ocurría antes, en que llegábamos con cero conocimientos prácticos, salvo la práctica forense.

-¿Cómo se llega a la decisión judicial?

-Siempre me gustó hacer un estudio previo, nunca improvisé. No me gustaba confiarme sólo en la memoria, porque suele tener grandes traiciones. Tenía una buena biblioteca, compraba muchos libros, hoy eso sería imposible. El fallo era producto de una preparación jurídica que indudablemente a veces, era horrorosa, porque el tiempo era casi insignificante. Había tanto trabajo en los Tribunales, que el tiempo de estudio significaba una preocupación y una presión muy fuerte.

-¿Le daba a la sentencia una dimensión de futuro, pensando en la jurisprudencia, en el precedente?

-En algunos casos, cuando eran de importancia, tenía presente que un caso excepcional, con buen fallo, podía sentar jurisprudencia. A veces, sucedió que mis fallos sentaron precedente. Tengo el honor de que muchos fueron publicados en la

Revista de Derecho y Jurisprudencia.

-¿Qué sentimiento tenía cuando veía publicados sus fallos en la Revista?

-Todo hombre tiene el derecho de sentir el placer moral, intelectual... pero siempre mantuve mi modestia.

-¿Es solitaria la labor de un juez?

-Es bastante solitaria. Prácticamente no hay relación con nadie, uno no puede andar consultando. Tenemos que estar solos para poder concentrarnos y fallar mejor.

-Pero en el sentido social, mucho se hablaba sobre todo antes, de que el juez se cuidara hasta de aparecer en reuniones sociales...

-Yo nunca acepté eso. En Concepción estaba en una sociedad que me conocía. Nunca me olvidé de la convivencia. Asistí a todas las fiestas y los actos públicos que me invitaron. Una cosa importante, es que cuando me fui de Concepción y me vine como Ministro de la Corte Suprema a Santiago, hubo mucha publicidad con mi nombramiento. El Diario El Sur hizo un elogioso comentario de mi persona, que después agradecí a su Director. Y un prestigioso abogado de esa ciudad, escribió algo que todavía recuerdo: "no necesitó aislarse para ser un juez correcto". Eso quedó grabado en mi memoria. Pensé siempre que el aislamiento de un juez significaba una debilidad en su propia personalidad.

-¿Cómo concibe usted la reserva del juez en materia judicial, pensando en el juez estrella y un juez impopular?

-Me he fijado en esto de que a algunos jueces les encanta ser protagonistas. Uno no puede ser extraño al común de la gente. La publicidad a veces es necesaria. Pero el afán de estar apareciendo, eso no me gusta. Por mi carácter, nunca tuve problemas de hacer una declaración si me la pedían, si no violaba el secreto de sumario y me consultaba algún periodista.

-¿Cuál es su opinión acerca del tema del sometimiento estricto del juez a la ley y la creación judicial del derecho?

-Como norma general, creo que el juez debe estar sometido al imperio de la ley. Pero no me parece que esta subordinación del juez deba ser rígida, porque adoptar una actitud de esa forma lleva muchas veces a una injusticia. Hay un aforismo latino que dice "Summum jus, summa injuria", que traducido literalmente significaría que el juez al adoptar una decisión fundada en el derecho puede cometer una injusticia.

-¿Y en materia de equidad?

-Es difícil referirse a ésta por lo abstracto del concepto. Pero son pocas las veces que un juez puede aplicar la equidad. Sobre todo en provincia, en que somos más jueces del crimen que civiles. En los procesos penales no es posible aplicarla porque indudablemente, el derecho penal es más dogmático. El juez no puede tener esa libertad, esa sensibilidad que se tiene respecto de lo civil. Por eso los principios de equidad, generalmente los hemos aplicado en juicios laborales y en relación con la sana crítica.

-¿El juez tiene que ser un hombre bueno?

-Eso tendría que partir por definirse. Entiendo por bueno a la persona correcta. Indudablemente desde ese punto de vista, el juez tiene que ser bueno. Lo contrario sería ser malo. El juez debe ser correcto, honesto, discreto. Todo esto se puede resumir en el concepto de bondad.

-¿Qué opinión le merece el polémico "Libro Negro de la Justicia Chilena"? -Debo reconocer que ese libro me llegó en forma anónima a mi casa. El libro es malo con ganas. Abarcó temas insignificantes, accidentales. Peca de basarse en muchas cosas sin importancia.

-Pese a estos detalles en que se explaya el libro, ¿Qué opina de éste como una crítica al poder judicial y a la percepción general de la aplicación de la justicia?

-Si el libro hubiera hecho un examen más profundo de lo que es el poder judicial, es obvio que podría haber puesto de relieve muchos problemas que lo afectan y muchos actos que posiblemente son indebidos. No digo que por ser jueces, haya sujetos que son impolutos. Hay personas, miembros del poder judicial, que yo he conocido, que no merecían estar en él. Ahora mismo, está el caso de que la Corte Suprema ha destituido a un juez por actos inmorales. Yo he conocido a un juez que estuvo por años cometiendo una serie de irregularidades, y al final después de años de corrupción, la Corte Suprema lo destituyó. Creo que si la Corte Suprema fuera mucho más enérgica y más rápida en la aplicación de las sanciones, la administración de justicia tendría mejor calidad.


-En el tema de la probidad...

-Es un requisito indispensable, porque con la probidad y la honestidad, el juez tiene que marchar y desarrollar sus actividades dentro de estas virtudes. Si no las tiene, no puede ser un juez bueno y correcto y no puede administrar bien la justicia.

-Y la prudencia.

-El juez debe ser prudente, tanto en su vida privada como en su carrera.

-La discreción.

-Están muy unidas. Requiere que el juez tenga criterio. Dicen que se nace con éste. La función judicial se va creando y desarrollando, pero un juez descriteriado debe terminar mal.

-¿Y la independencia?

-Eso es lo más valioso.

-¿Cómo se construye la independencia, sobre todo en provincia?

-El juez que tiene buen criterio, sabe y comprende que no puede sino ser independiente. Y se puede ser independiente, no obstante desenvolverse en sociedad. Eso es algo que yo conseguí hacer, y tuve la fama de ser considerado uno de los jueces más estrictos e independientes de Concepción. Tenía amigos, pero nunca nadie se atrevió a insinuar alguna posibilidad de arreglo.

-¿No es doloroso conservar esta independencia?

-Depende como se tome. Conocí un juez que a veces estábamos en una mesa donde se empezaba a hablar de una materia judicial, y él se levantaba y decía "me voy a retirar, señores". A veces se acercaba una señora en la calle y antes de que le hablara él decía: "No, no, de acuerdo con el artículo 329 del Código Orgánico de Tribunales, no puedo darle ninguna noticia sobre el juicio", y la señora lo único que estaba haciendo era pedir ayuda para una colecta. Toda exageración es mala.

-¿Cómo fue su relación con los abogados?

-Siempre muy buena. Salvo una vez, que tuve una ruptura. Tenía un amigo abogado que patrocinaba un juicio muy importante en Concepción y tuve que fallar en contra. Perdió por la decisión mía. Desde entonces me quitó el saludo.

-Lo nombraron Ministro de la Corte Suprema, se vino a Santiago y estuvo sólo un año, ¿Por qué?

-Eso merece una explicación. Nunca quise venirme a Santiago. Mi único deseo era vivir, terminar mi carrera judicial y morir en provincia. Eludí 12 o 13 quinas. Figuré en quinas desde el año 1985. Cuando me nombraron, casi todos los ministros que estaban en la Corte Suprema, habían figurado en la quina conmigo, con excepción de Marcos Aburto, que había sido nombrado antes. Estaban Servando Jordán, Faúndez, Beraud. Yo no quería llegar a la Corte Suprema. Se lo dije numerosas veces a las personas que vinieron a preguntar. Estaba tan feliz en la Corte de Apelaciones que no quería moverme. Era, es cierto, la culminación de mi carrera, pero yo sabía que esto me iba a traer problemas para regresar a futuro. Por eso estuve poco ahí. Les expliqué a los ministros cuando me hicieron la despedida en el Club de la Unión. Estaba cansado con el trabajo que daba la Corte de Apelaciones de Concepción. Había una labor intensa, yo usaba sábados y domingos para trabajar. Estaba cansado.

-Usted se refiere al agobio del trabajo judicial ¿Y la dignidad del juez como hombre..?

-El juez como autoridad, ha perdido la importancia que tenía antes. Las permanentes críticas al poder judicial han hecho que se haya deteriorado la imagen que el pueblo tenía de él. Algunos abogados también han hecho muchas críticas. Para alguien que ha estado al interior de los Tribunales, que conoce esta función, estas críticas son un poquito ligeras, porque el atraso de los fallos que hay se debe a la saturación de procesos. Hay una cantidad enorme. También es cierto que algunas críticas son fundadas, porque hay jueces que son flojos.

-¿Qué opinión tiene de la reforma penal?

-Recién me llegó el proyecto, no lo he terminado de leer. Pero naturalmente, la justicia requiere un reforma, sobre todo la justicia penal. El mismo juicio inquisitivo en que todo se hace por escrito, eso debe terminar y hacerse un juicio oral, que es más expedito, más rápido. Sobre todo para terminar con el volumen tremendo de procesos acumulados.

-¿Qué opina del indulto presidencial a la pena de muerte?

-Eso es una antigualla que viene de los tiempos de la monarquía. La facultad de indultar los crímenes más horrorosos, choca en verdad, con un régimen republicano. Aunque el Presidente tiene la facultad, la añejez de esta costumbre no es compatible con un régimen moderno. Creo que la justicia tiene que cumplirse tal como los tribunales lo determinan, no quedar subordinada al Jefe de Estado, que debe tener la obligación de cumplir con la justicia. No truncar el veredicto con un indulto.

-¿Le tocó personalmente enfrentar este tema?

-Yo condené tres veces a muerte. Y las tres veces fue indultada la persona.

-¿Es la decisión judicial más difícil?

-Indudablemente. Hay que pensarlo mucho. Pero a veces es tal el horror y se ejecuta el crimen con tal ignominia que la reacción propia, lógicamente que ajustada estrictamente a la ley, es que si corresponde aplicar la pena de muerte, se aplica. Nunca tuve en verdad, recelo ni arrepentimiento. Fui un juez convencido, que cuando me tocó tomar esa decisión, el caso lo requería.

-¿Qué consejo le daría a un juez que recién comienza?.

-Que estudie. En mis tiempos, llegábamos sólo con el conocimiento teórico, pero sin el aspecto práctico del derecho, saber fallar, proveer los expedientes. El juez debe estar preparado. También es importante llevar una vida correcta, pero no aislarse.

-¿Qué piensa de la presencia de la mujer en el Poder Judicial?

-No soy machista. Indudablemene ha habido un auge extraordinario, mayor presencia de abogadas, es probable por falta de interés de los hombres. No ha significado un deterioro, por el contrario, en la administración de la justicia. Hay mujeres muy inteligentes. Sara Herrera por ejemplo, Raquel Campusano. Me parece bien.

-Con el prisma que da el tiempo, usted dudó entre la Pedagogía en Historia y el Derecho, ¿queda con una sensación agridulce?

-No me siento arrepentido. Creo que fue una opción acertada. Porque le tomé gran cariño a mi carrera. Sin habérmelo propuesto, partí de lo más elemental y llegué a la cúspide. Tuve harto trabajo pero lo hice con alegría. Ahora estoy gozando de mi descanso.
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