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Revista Nº 32
TEMAS
 
El nombre ante el Derecho
Por Rodrigo Winter I.
Abogado

Para nuestro Derecho, el nombre es un atributo de la personalidad, es decir una de aquellas propiedades o características inherentes a toda persona. Su misión es identificarnos, por lo que, a juicio de un autor, puede ser considerado como una etiqueta colocada sobre cada uno de nosotros.
Sin embargo, debemos reconocer que el nombre es más que eso. De partida, es nuestra carta de presentación, lo que tiene particular importancia en un país tan estratificado socialmente como el nuestro. Esto nos permite explicar la anécdota que se cuenta de Benjamín Subercaseux (sí, aquel de la geografía loca) de quién un reciente libro dice que en sus noches de bohemia, con unos pícaros grados de alcohol demás, se paseaba por el Portal Fernández Concha gritando: “Soy un Subercaseux Zañartu. ¿Quién quiere algo de mí?”.
En mi caso personal, mi nombre, del que como todo el mundo me siento orgulloso, me ha traído más de alguna complicación. De partida, mi primer apellido coincide con el nombre de una prestigiosa fábrica de cecinas, cuyo logo es un rozagante chanchito con mi apellido en el lomo. Así, he quedado asociado subliminalmente con parrillas y condumios, lo que me garantiza, al menos, una primera llegada simpática, ya que el reflejo condicionado de Pavlov hace que al sólo oír mi nombre, al interlocutor se le haga agua la boca. Con todo, no se me ocurriría seguir el ejemplo de Benjamín Subercaseux, y vocear en el Portal Fernández Concha: “ Soy un Winter, ¿quién quiere algo de mí? “, ya que estoy seguro que al minuto se oirían los ruidos metálicos de tenedores y cuchillos y el olor del carbón de las parrillas, y debería huir raudo para proteger mi lomo y mis costillas.
Esta vinculación con los chorizos y longanizas me ha hecho víctima de más de alguna broma de dudoso gusto causada por la publicidad de mi fábrica homónima. Recuerdo que en una oportunidad, mientras un abnegado y sumamente verde funcionario policial se solazaba en cursarme una infracción por virar donde no correspondía, me miró sardónicamente mientras estudiaba mi licencia de conducir, y me espetó : “¡¡ Parece que Ud. no tiene mucho Winter Ya!!”, broma que me provocó vapores sulfurosos de furia que hube de reprimir para no terminar en la Fiscalía Militar.
En cuanto a mi segundo apellido (Igualt), se presta a cómicos enredos. Así es como, en múltiples ocasiones en que se me ha solicitado nombrarlo, su expresión verbal se ha confundido con la indicación de que es idéntico al primero, y he aparecido en varios certificados, constancias, diplomas y hasta radiografías como “Rodrigo Winter Winter”. Es más, sabiendo que incita a la confusión, generalmente advierto: “Es Igual, pero con una “t” al final”, ante lo cual se produce un nuevo malentendido, ya que se malinterpreta como si fuera “Wintert”, y también tengo algunos documentos extendidos bajo el extraño nombre de “Rodrigo Winter Wintert”.
Ante esta situación, he sugerido en conciliábulos familiares, reemplazar masivamente nuestro apellido por uno similar, proponiendo como alternativa el de “Identicat”, lo cual ha sido rechazado unánimemente con indignación.
El apellido:
¿ Mejor extranjero que chileno?
En relación al nombre, no podemos dejar de mencionar nuestra Ley 17344 que autoriza el cambio de nombres y apellidos, solucionando problemas como los enunciados. Partamos por decir que esta ley respondió a una real necesidad social. Por ejemplo, existe constancia que antes de su dictación, Pablo Neruda intentó cambiar su nombre por su seudónimo literario, pero ni su prestigio literario ni su argumentación hicieron mella al Director del Registro Civil de la época, quién optó por la solución práctica de hacer una subinscripción dejando constancia que don Ricardo Reyes y Pablo Neruda eran la misma persona.
Con todo, esta Ley debe ser materia de un estudio sociológico, ya que tan mal interpretó la idiosincrasia nacional, que ha terminado siendo utilizada para fines absolutamente distintos a los propósitos nacionalistas del legislador, sobre todo en lo que se refiere a los nombres extranjeros. En efecto, recordemos que uno de los artículos de la Ley establece que la persona cuyos nombres o apellidos no sean de origen español, podrá pedir permiso para traducirlos al idioma castellano, o cambiarlos si la pronunciación o escrituración de los mismos es manifiestamente difícil en un medio de habla castellana.
Craso error. En nuestro extrajerizante país, el prestigio que da tener un apellido extranjero, sobre todo uno europeo no-español, supera las dificultades que acarrea su pronunciación o escritura. Así, confieso que no tengo ningún propósito (a pesar de la reminiscencia cecinera de mi primer apellido) de traducirlo a “Invierno”, y doy por sentado que nuestra colega presidenta del Consejo de Defensa del Estado tampoco tiene intenciones de cambiar su críptico e impronunciable apellido por un simple y vulgar “Charanqui”, el que podría hasta ser confundido con “charango”, perdiendo todo su “chic”.
Pero vamos a la comprobación empírica, con los siguientes botones de muestra. En el Diario Oficial del 1 de abril de 1992, aparece publicada la solicitud de don Filidor del Carmen Rojas Ogaz, en el sentido de sustituir su nombre por el de Eduardo Chistofhsrf Rojas Ogas, por haber actuado y sido conocido durante toda su vida con ese nombre. A su vez, en el del 1 de junio de 1991 doña María Cruz Rivas Rivas solicita reemplazar su nombre por “Alejandra Carolina Stefani Ochoaispuru Brilovich”. Por último, en la publicación del 2 de enero de 1991 don Víctor Ignacio Flores Carrasco, solicita reemplazar su nombre por el de “Viktor Ignatius Blumenthal Gottlieb”.
La ley también autoriza a cambiar los apellidos risibles o ridículos o que menoscaben la moral, aspecto en que ha realizado un importante aporte social. De hecho, periódicamente salen publicados en el Diario Oficial apellidos de origen mapuche con la terminación “..leo” (dejo a su frondosa imaginación completar la primera parte), que son cambiados, eliminando así la tortura de sobrellevar un nombre cuya expresión verbal provoca en su propio titular la duda de si lo están llamando o insultando.
Sin embargo, también este aspecto la Ley se ha utilizado en sentido inverso. Así, en el Diario Oficial del 2 de octubre de 1989 don Juan José Larraín Valdivieso, agente inmobiliario, solicitó se rectificara su partida de nacimiento para quedar como “Príncipe Juan José de Larraín y Valdivieso”.
En definitiva, si bien el nombre es importante, más lo es una vida ejemplar que se identifique con ese nombre, de manera que su pronunciación evoque rectitud, principios, caballerosidad y ojalá, también afabilidad y simpatía. Es que como dice un escritor, nuestro nombre es nuestro honor en los labios y el pensamiento de los demás.
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