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Revista Nº 33
CINE
 
El Señor del Ring
Por Juan Francisco Gutierrez I.
Abogado
Un pobre boxeador logra que un gran entrenador de buen corazón lo prepare. Superando mil adversidades el boxeador cosecha grandes triunfos, para luego a raíz de un accidente quedar baldado. ¿Le suena familiar? Claro que sí, es la misma historia contada en mil producciones “B” de los años 40, y la misma que utilizó Sylvester Stallone en “Rocky”.
Sin embargo, en su última película, “Million Dolllar Baby”, Clint Eastwood logra darle una nueva vuelta a ese trompo para que siga girando mientras aguantamos la respiración.
Frankie Dunn (Clint Eastwood) es un entrenador de box solitario, curtido, quien detrás de esa imagen de dureza en el más masculino de los deportes, vive angustiado por la integridad de sus pupilos. Es propietario de un gimnasio sin pretensiones en la parte deprimida del centro de Los Angeles. Va a misa todas las mañanas a hurgar en su alma, al tiempo que disfruta acosando al joven sacerdote en materias relativas a la transubstanciación y el significado de la Santísima Trinidad. Manda cartas todas las semanas a su hija, que vuelven invariablemente a su autor sin ser abiertas, lo cual al parecer es resultado de un grave incidente familiar que tiene a Dunn cargado de culpa, sin que nunca se nos explique el porqué.
Por último, para que no quede dudas que bajo su caparazón de duro, late el corazón de un romántico, Dunn lee regularmente en el gaélico original las poesías de W.B. Yeats. Por su parte, Maggie Fiztgerald (Hilary Swank) es una mujer de 32 años, un poco vieja ya para el ring, que insiste en entrenarse en el gimnasio de Dunn para ser algún día profesional del box. Maggie ha sido criada en una casa rodante en los Ozarks (lo más bajo en el escala social blanca de USA) ubicada en “Algún lugar entre Ninguna Parte y Adiós”, según nos informa Scrap (Morgan Freeman) con su voz en off. Este último es un ex boxeador tuerto, asistente de Frankie y su mejor amigo.
Eastwood ha hecho una película con dos partes claramente definidas, lo cual constituye quizás su principal mérito, al tiempo que su principal debilidad. La primera hora versa sobre el encuentro entre Dunn y Maggie, su entrenamiento y sus triunfos. La última media hora, en cambio, versa sobre las secuelas del accidente de Maggie y el conflicto moral que ello plantea. No es que los dilemas morales estén ausentes de las películas de Eastwood, basta recordar los “Imperdonables” (1992) y “Río Místico” (2003). En este caso, sin embargo, su introducción produce un cambio tan brusco en el ritmo narrativo y en sus hitos de referencia que parece que estamos asistiendo a dos películas diferentes. ¿Qué estamos viendo? ¿Una película de superación de la adversidad o sobre el derecho a la eutanasia?
A pesar de esa debilidad, existe una continuidad narrativa entre las dos partes, y ésta radica en la ética individualista: “Vive tu vida de acuerdo a tus reglas”. Maggie luchó toda su vida, contra su familia, contra el estereotipo de su sexo, contra su edad, contra Dunn que no le daba entrada, y triunfó. En esta nueva prueba, no van a ser las reglas de la ética judeo-cristiana definidas por un montón de teólogos, filósofos y curas, que nunca han formado parte de su vida, las que van a determinar cómo debe vivir y morir.
Pero lo realmente refrescante viene siendo la fidelidad de Eastwood a los cánones tradicionales. Eastwood sabe que “menos es más”, sus colores son comedidos, su ritmo es pausado y deja que sus personajes se desarrollen. Puede que Eastwood no haya logrado un clásico en esta ocasión, pero proviniendo de alguien que dirige, actúa, produce y hasta compone la música, nos recuerda cómo se hacen las buenas películas, al igual que Maggie en el ring, con sus propias manos.
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