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Revista Nº 33
ARTE
 
«Abuelo y Nieto»
El Misterio de la Vida
Por Carolina Seeger C.
Abogado
Licenciada en Estética
Domenico di Tommaso Bigordi, conocido como Domenico Ghirlandaio (1449-1495), fue un connotado pintor del Renacimiento Italiano, que se formó en el taller de Verrocchio. Allí adquirió un estilo simétrico, equilibrado y materialista y luego, junto a sus dos hermanos menores, instaló en Florencia un taller donde daba forma a los numerosos encargos que recibía. El padre de Miguel Ángel Buonarroti, conociendo la fama de este pintor, le entregó como alumno a su hijo. Así él se convirtió en el primer profesor de Michelangelo, aunque finalmente éste no siguiera su camino, ya que tenía otras ideas sobre el arte y se dedicó principalmente a la escultura.
En general, la obra de Ghirlandaio destaca por ser fiel documento del lujo y el colorido de la época. Sus composiciones poseen distribuciones armónicas, esbeltas figuras, hombres nobles y elegantes mujeres, sobre fondos arquitectónicos de suntuoso estilo renacimiento. La mayoría de las veces pintaba retratos y frescos de temas religiosos, encargados por aristócratas de Florencia -entre ellos, la familia Médici y los Tornabuoni-, a quienes agradaba incluyéndolos en sus composiciones como partícipes de esas escenas religioso-profanas. Pero en esta obra, el artista se aparta de su típico estilo y nos asombra con un cuadro que ocupa un lugar particular en el retrato florentino del Quattrocento (s. XV), debido a su inusitado realismo. A pesar de que su autoría no está totalmente comprobada, se le atribuye a este pintor con cuya obra tardía se encuentra conectado. En efecto, en los frescos que pintó para la iglesia Santa Maria Novella aparecen rostros de ancianos que, lejos de toda idealización, reflejan el paso de la edad; asimismo los rulos y el dorado del pelo del niño recuerdan las cabezas de adolescentes en varios frescos de Ghirlandaio.
LO BELLO EN EL ARTE
Es el amor lo que une estas figuras: la suavidad del cariño infantil y la ternura del cariño de un abuelo. Se da cuenta el nieto de un pesar silencioso en su abuelo, y para abrazarlo estira confiado su mano, mirándolo a los ojos. El anciano observa reflexivamente al niño con una tristeza secreta y melancólica que surge desde su mirada baja y fija, desde su inmovilidad.
La ventana deja ver un paisaje típicamente italiano de la región de Toscana, y tal vez alude a toda la vida que tiene por delante el niño, en contraposición a la pared cerrada tras el abuelo y su vida ya casi acabada. El ropaje rojo indicaba en aquellos días un nivel social alto. Cualquiera sea la interpretación, esta pintura nos habla del inevitable misterio de la vida, de la mutabilidad física y la vulnerabilidad humana, de la necesidad de afecto.
En pleno Renacimiento, época que valoraba y promovía la armonía y la perfección, en que todos los retratados querían parecer bellezas griegas, Ghirlandaio se atrevió a pintar la realidad de un defecto físico, la nariz deforme del abuelo, sin por ello perjudicar la belleza de su obra artística. Por el contrario, logra la sublimación de las formas y las transforma en sentimiento. Aplicando conceptos propios de filosofía del arte, puede afirmarse que asistimos en forma concreta al fenómeno de la «transfiguración estética», en que la «estructura superficial» de la obra -anormalidad física, «fealdad»- enlazada intrínsecamente con la «estructura profunda» de la misma -el amor-, nos revela de pronto que lo bello en el arte es la manifestación de valores espirituales. La hazaña del artista está en su capacidad para otorgar una simbología a los sentimientos humanos, lo cual es captado por la intuición estética de quien percibe el arte.
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