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Revista Nº 33
A 150 AÑOS. EL CÓDIGO CIVIL Y LOS GRANDES MODELOS EUROPEOS
 
Por Bernardino Bravo L.
Abogado
Andrés Bello formó un código propio de derecho nacional, no copió uno extranjero ni menos discurrió soluciones propias. Lo que hizo fue reformular el derecho entonces vigente para crear un “monumento insuperable, tanto en lo jurídico como en lo literario”.
 
El código civil de Chile promulgado en 1855 es obra de un solo hombre, el sabio e infatigable Andrés Bello, quien dedicó casi dos décadas a esta tarea. Había recibido en 1831 el encargo de Portales, entonces ministro del Interior, y presentó los primeros avances al cabo de diez años. Esta elaboración, realizada con calma y rigor, contrasta a primera vista con la del code civil francés de 1804,
promulgado por el primer cónsul Napoleón Bonaparte, realizada en cuatro meses por cuatro comisionados. En cambio, el texto chileno evoca al primer código civil europeo, el austriaco, que demandó más de cuarenta años y se debió a tres generaciones de juristas, Azzoni, Horten y Martín. Este último consiguió dar cima al Westgalizisches Gesetzbuch promulgado en 1797 por el emperador Francisco II (1792-1835). Con posterioridad a su muerte, el emperador encargó a su discípulo von Zeiller elaborar una versión revisada, el Allgemeine Bürgerliches Gesetzbuch, más conocido como ABGB, promulgado en 1811 para todos los países de habla alemana de la monarquía y otros como Lombardía.
Nadie mejor que el propio Bello explica en qué consistió su labor. En el mensaje que acompaña el proyecto comienza por señalar la relación con los grandes modelos europeos, que hace del suyo un código de segunda generación. Vale la pena releer y sopesar esas palabras: “concebiréis que no nos hallábamos en el caso de copiar a la letra ninguno de los códigos modernos. Era menester servirnos de ellos sin perder de vista las circunstancias peculiares de nuestro país. Pero, en lo que éstas no presentaban obstáculos reales, no se ha trepidado en introducir provechosas innovaciones”. La admiración por lo ajeno no disminuye el aprecio de lo propio, en concreto de las Siete Partidas, con las que estaba familiarizado desde sus tiempos de Londres, y a las que se refiere a continuación, antes de pasar revista a las principales innovaciones del nuevo texto.
HITO DE LA REPÚBLICA
Sin entrar en detalles, basta apuntar que, contrariamente a lo que se ha dicho, el código chileno está más cerca del austriaco que del francés, no tanto en su articulado como por su coincidencia en la mejor tradición clásica romana. Después de todo, von Martini y su discípulo Zeiller fueron catedráticos de esa disciplina en Viena y sus obras se usaron en las universidades hispánicas a lo menos hasta 1840. Como ellos, Bello distingue entre título y modo de adquirir, distinción que el código francés, siguiendo la tradición vulgar, no conoce. En cuanto a la división del código, el chileno es original. Los tres libros de los grandes modelos los reemplaza por otra versión en cuatro.
Esto nos lleva al verdadero carácter del texto chileno. Lo que hizo Bello fue formar un código propio de derecho nacional, no copiar uno extranjero, ni menos discurrir soluciones propias. Para eso no habría necesitado décadas de trabajo. El análisis de lo que llama operaciones codificadoras, ha permitido a Alejandro Guzmán arrojar mucha luz acerca del modo como Bello reformuló el derecho entonces vigente. Ésta fue la clave de su fortuna en Chile y en el resto de Iberoamérica. Como hizo ver Alamiro de Ávila: “lo que Bello hizo en la mayor parte del texto legal, fue poner en artículos, en la técnica de la codificación francesa, el derecho que a la sazón era vigente. Es decir, el código no salió de la mente del codificador, sino que existía con anterioridad y era válido en toda América española”.
Del código puede decirse lo mismo que el alemán Steger dijo de la Universidad de Chile. Uno y otra son una gran realización de la república ilustrada. Así como la significación de la casa de Bello en Hispanomérica es comparable a la de la Universidad de Berlín en la Europa del siglo XIX, la de su código en Iberoamérica puede parangonarse a la que tuvieron en Europa los grandes modelos, austriaco de 1797 y francés de 1804.
El paralelo no es casual. Como explica el mismo Steger, el nexo está en el derecho romano y nadie lo entendió mejor que Bello. El estudio del ius civilis permitió a la Universidad de Chile convertirse en foco de una cultura de abogados de alcance hispanoamericano. Ya desde el discurso inaugural de la Universidad de Chile en 1843, Bello había indicado que lo propio de una facultad de derecho es el estudio de la legislación del pueblo rey, una suerte de línea divisoria con las facultades de segunda clase. De ahí que elevara a dos años la antigua cátedra anual de derecho romano de la Universidad de San Felipe, en la que desde 1757 hasta 1837 se habían destacado tantos maestros, desde Nicolás de Tordesillas hasta Manuel Montt. La razón es simple. El saber no se improvisa ni se suple con ingenio. Quien no conoce los textos, se condena a la dependencia mental de otros, más competentes. Por eso años después podía hacer un llamado que acaso no ha perdido actualidad: “jóvenes chilenos, aprended a juzgar por vosotros mismos. Esta es la primera filosofía que debemos aprender de Europa”.
El colombiano Uribe calificó al código de Bello de “monumento insuperable, tanto en lo jurídico como en lo literario”. En ese texto jueces y abogados encontraron más de lo que podían esperar: el derecho castellano vigente hasta entonces, pero reducido a artículos y en un lenguaje clásico, tan conciso como elegante. De ahí la acogida que halló, no sólo en Chile sino en otros países que se regían también por ese mismo derecho de Castilla. Pero ese es otro tema.
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