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Revista Nº 23
TEMAS
 
Atajar la Violencia con el Derecho
Por Bernardino Bravo Lira.

Profesor de Historia del Derecho, Academia Chilena de la Historia
A medida que se remueven los escombros del Pentágono y de las torres gemelas, aumentan las reacciones: horror, conmiseración hacia las víctimas, rechazo al terrorismo. Entre ellas se echan de menos voces de hombres de Derecho. Porque, bien miradas las cosas, estos hechos son de su competencia. No estamos ante un infortunio, ocasionado por la naturaleza, como el terremoto de San Francisco, sino ante un ataque del hombre contra el hombre, es decir una injusticia. Como tal, sólo el Derecho puede aclarar sus verdaderas dimensiones y el modo de remediarla.

Lo primero, es no desorbitar los hechos. Cosas peores se han visto. Este ataque es tan solo un eslabón más en la fatídica cadena de violencias del siglo XX, en la que tanta parte tienen los Estados Unidos, segœn puntualiza el profesor Andrés Huneeus: desde Hiroshima y Nagasaki, en 1945, hasta las recientes masacres de poblaciones indefensas en Libia, Irak y Sudán, sin olvidar la bárbara práctica de triturar el cráneo a los niños a punto de nacer, aprobada legal y judicialmente bajo el gobierno del presidente Clinton, lo que -subraya- ha cobrado más víctimas que todas las de las torres gemelas.

El terrorismo no es sino otra forma de violencia. En este caso con un componente religioso, pero generado por la animosidad que los Estados Unidos han despertado entre los árabes. Ahora bien, la violencia no se ataja con la violencia, segœn acaba de recordar el Presidente Pastrana de Colombia. Por ese camino, en lugar de extinguirse el mal, se lo extiende. El œnico modo de quebrar el ciclo fatídico de la violencia es ingresar al circulo civilizado del Derecho. Eso es lo que hizo grande a los imperios y, en primer lugar, a los romanos. Non armis tantum, sed iure. No bastan las armas sin el Derecho, que completa su obra, al fundar un orden donde también el vencido tiene cabida. Así el enemigo de ayer puede convertirse en aliado para el mañana. Como se respeta lo suyo, se ve atraído a la órbita del civilizador, de quien dijo Virgilio que su papel era domar a los pueblos bárbaros.

Tal es la clave de una política imperial, antítesis de la pequeña política de las potencias, atentas sólo a sus propios intereses de corto plazo. Nadie pintó este espectáculo con mayor dramatismo que San Agustín: remota iustitia, quae sunt regna, nisi magna latrocinia, si dejan de lado el Derecho, qué son las potencias sino bandas de ladrones.

Napoléon: un verdadero forajido
Por aquí se empieza. Es a los civilizados a quienes corresponde introducir a los bárbaros en el mundo del Derecho. Un ejemplo no tan lejano puede ilustrarlo. Todos hemos oído hablar de la invasión de España por Napoleón en 1808, punto de partida de la independencia de América. Contra todo Derecho, despojó y apresó a Fernando VII, que era su aliado. Entonces, el joven diplomático austríaco Metternich dictaminó fríamente. A partir de entonces, nadie pudo estar seguro en Europa. Napoleón podía ser irresistible, pero se había hecho intolerable. Nadie podía confiar en él. Su desprecio por el Derecho lo convirtió, en términos agustinianos, en un verdadero forajido, en una amenaza general, destructor de toda convivencia civilizada entre los pueblos.
El enfrentamiento entre Napoleón y las potencias europeas terminó, en 1815, con su derrota. Metternich, cuyo lema era Kraft im Recht, vale decir, vigor en el derecho, fue el alma de la lucha y de la paz de Viena. Se restableció entonces el equilibrio europeo. La vencida Francia tuvo su lugar y se aseguró así un siglo de paz para Europa, hasta el estallido de la primera Guerra Mundial en 1914. Para conmemorar la victoria sobre Napoleón se alzó en Viena un arco de triunfo, en el que se estampó la sentencia bíblica: iustitia fundamentum regnorum.

No faltan analogías con la situación actual. Incluso en Estados Unidos parece percibírselas difusamente. Se reconoce que, aun con las mejores intenciones, su política internacional ha sembrado toda suerte de antagonismos. En concreto, el politólogo Giovanni Sartori da por muerta la creencia de su vida en la democracia y el progreso indefinido, representados por los Estados Unidos. Desolado reconoce que estos hechos muestran que la técnica, lejos de estar al servicio del progreso, se vuelve contra él. De su lado, Robert Kaplan, de la New American Foundation, ve en estos hechos el fin de la era Wilson, es decir, del sueño de hacer un mundo seguro para la democracia. "El idealismo -escribe- a menudo asociado al Presidente Wilson, sólo fue concebible mientras Estados Unidos se creyó geográficamente invulnerable". "Desde que la técnica ha eliminado este refugio, debemos reemplazar la pareja de gemelos wilsonianos Idealismo e Aislacionismo por Realismo y Compromiso Duradero". Estas reacciones reflejan un autocuestionamiento, nada menos que del fundamentalismo democrático, al que Charles Eliot Norton, profesor de Harvard, calificara de bárbaro: "El peor espíritu de nuestra democracia..., un espíritu bárbaro de arrogancia e irracional imposición de nuestros puntos de vista". Una cosa es ser partidario de la democracia y otra hacer de ella una especie de creencia y asumir en su nombre una especie de alta policía sobre los pueblos de los cinco continentes.

Al respecto es caudalosa la bibliografía entre los pueblos civilizados. Después de Hiroshima, el uruguayo Zum Felde denunció la barbarie tecnificada, mil veces peor que la primitiva, pero, quien acertó a poner el dedo en la llaga, fue Foxá, en su artículo El peso de la pœrpura. Allí explica que si una potencia llega a la cœspide de la escena internacional, adquiere por ese solo hecho una cierta responsabilidad por el orden mundial. Los Estados Unidos, presos del dilema hamletiano aislacionismo-intervencionismo, nunca pudieron caer en la cuenta de ello. Ese papel les queda grande. Convertirse en superpotencia, fue lo mismo que llegar a su nivel de incompetencia. Por eso, parecen condenados a una marcha errática.

Seguros de su poderío, creyeron que les era dable jugar dentro y fuera de la cancha, segœn el Derecho, si así les convenía, contra él, si no. La C.I.A. se especializó en sostener y desestabilizar gobiernos y países, fueran aliados o adversarios. Pero este desprecio del Derecho se paga. Aparte de Inglaterra y Australia, pocos son los pueblos, civilizados o no, que se libraron de agresiones por parte de los Estados Unidos en la œltima década. En esta larga cadena de violencia los árabes llevan la peor parte. A la vista de esto, de lo œnico que no cabe extrañarse es de lo sucedido. Al igual que Napoleón, los Estados Unidos, sumamente poderosos, pero nada confiables, son una amenaza para todos.

El mundo no puede quedar entregado a la violencia
Pero el mundo no puede quedar entregado a la violencia. De alguna manera la convivencia entre los pueblos debe encauzarse por vías de Derecho. Todo lo que se haga es poco. Ahora, como en otras épocas de la historia, no hay imperio. Pero hay pueblos civilizados, asiáticos, europeos y americanos. A ellos corresponde, si no imponer el Derecho a la superpotencia, al menos presionar para que lo respete. De esto se habla desde la caída de la Unión Soviética. No se logrará en un día, pero vale la pena empeñarse en ello, como lo acaba de hacer la Unión Europea al rechazar el propósito de Estados Unidos de extender la guerra contra los terroristas a derribar el gobierno afgano o el presidente Chávez de Venezuela, al protestar contra la condena y orden de matar a un extranjero, Osama Bin Laden, pronunciada por el presidente Bush en ausencia, sin juicio previo, sin oírlo y sin más pruebas que una gigantesca campaña mundial orquestada por los Estados Unidos.

Esta presión puede permitir escapar al círculo de fuego de la violencia, terrorista o no, que amenaza con destruir a unos y a otros. Al respecto tienen los pueblos civilizados una ventaja. Saben que todo lo violento no dura y, por tanto, se interesan por hallar y emplear medios eficaces para hacer valer el Derecho. Acerca de esto también vale el ejemplo de Metternich, quien llegó a decir de Napoleón: "Ya que no se le puede contener por la fuerza, hay que echarle tierra por delante, que se caiga solo".
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