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Revista Nº 22
TEMAS
 
Del Error Jurídico
Por Rodrigo Winter I.

Si hay una lección que debiera enseñarnos el ejercicio de nuestra profesión es la humildad, modesta flor que es tan querida a nuestra Madre Santísima, pero que lamentablemente poco abunda en nuestras praderas abogadiles. Se trata de una importante virtud que la vida construye pacientemente a través del goteo incesante del error, que va horadando poco a poco la roca granítica del orgullo, su gran adversario. Y es que en nuestra profesión, más que en ninguna otra, es imposible sustraerse al error, que se introduce rauda e implacablemente por la redacción enrevesada de una norma que se malentiende, por una modificación o derogación de ley que nos pasa inadvertida, por una ley especial desconocida que altera aquel régimen general en que hemos basado nuestro informe, por el cómputo equivocado de un plazo judicial y, en fin, por todos los vericuetos de este laberinto normativo y judicial donde, a tientas, los abogados intentamos avanzar sin extraviarnos.

Ni siquiera los abogados más virtuosos han podido sustraerse al flagelo del error. Para muestra, he allí el famoso traspié que la historia consigna respecto de San Alfonso María de Ligorio, Patrono de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica. Siendo muy joven pero ya brillante abogado, le tocó actuar en un importante pleito relativo a un feudo, en el que se enfrentaban el Duque de Ravina y el Gran Duque de Toscana. San Alfonso se presenta al alegato "tronfio e pettoro", seguro de sí mismo, pecho erguido, y despliega toda su oratoria jurídica, haciendo valer con inteligencia y vigor una profusión de textos y referencias en apoyo de su tesis. Su sólida argumentación hace vibrar la numerosa asistencia con un murmullo admirado. Se da por supuesto que una vez más ha ganado. ÀQué más podrá decir el abogado contrario? Aquel se levanta. No se dará el trabajo de alegar. Con estudiada frialdad se limita a decir: "Señor de Ligorio, hay una laguna en su exposición. En autos hay una pieza que desmiente cuánto su señoría ha dicho". Y acto seguido hace dar lectura por un ujier a una antigua transacción recaída sobre el feudo en litigio, que contiene párrafos que demuelen la tesis de Ligorio. El mundo da vueltas para Alfonso. Empalidece para enrojecer. Con voz alterada dice. "Tiene razón su señoría. Estaba yo equivocado", y se retira apresuradamente de la sala de audiencias musitando: "¡Ah mundo, ya te he conocido!" Vuelto a su casa, se encierra en su habitación por tres días sin alimentarse y sólo se decide a abrir ante los ruegos de su madre. Abandona para siempre su carrera de abogado de litigios y decide hacerse clérigo, iniciando una vida religiosa que sería coronada por la santidad.

El caso de San Alfonso es un tanto extremo y lo más probable es que su error haya sido más pretexto que causa de su decisión de abandonar su carrera. Pero lo aconsejable es que en vez de abatirnos frente a nuestros errores, los aceptemos como compañeros inevitables de nuestra feble naturaleza humana. Al decir de un amigo, el margen mínimo del error humano es de un sexto, es decir de cada seis actos humanos, uno de ellos debe estar afectado por el error. Basa esta aseveración en que si Nuestro Señor Jesucristo, en la selección de sus doce apóstoles, incurrió en un doceavo de error al elegir a Judas Iscariote, los simples seres humanos fallaremos al menos el doble, esto es una de cada seis veces. Sin embargo, esta resignación frente a la inminencia del error no debe llevarnos a bajar la guardia para prevenirlo.

Quizás el mejor consejo en tal sentido es el que nos da el propio San Alfonso, quien sabiamente señala lo siguiente: "No es laudable el abogado que acepta causas superiores a sus talentos, a sus fuerzas y al tiempo que con frecuencia le faltará para preparar la defensa".

Con todo, precaver el error no es tarea fácil . Y lo es menos en esta época frenética que nos ha tocado vivir, en que nuestra labor profesional se desarrolla habitualmente bajo la presión angustiosa de la celeridad exigida por el cliente, multiplicándose así la propensión a equivocarnos. Muchas veces ya no hay tiempo para consultar otra opinión, para ratificar el contenido de una norma que recordamos sólo a medias, para revisar los remiendos de nuestros patch-work jurídicos (es decir los textos construidos con párrafos que el procesador de palabras nos ha permitido hurtar de otros documentos, para meditar sobre las consecuencias tributarias del contrato que redactamos y, en general, para tomar aquellas medidas de prudente cuidado que aseguran un buen desempeño profesional.

En mi caso personal, mis tareas de abogado de banco me han obligado a lidiar no sólo con los errores propios, de por sí numerosos y humillantes, sino también con los ajenos, ya que parte importante de mi trabajo consiste en revisar aquel de otros abogados. Se trata de una labor compleja e incomprendida, especialmente por los colegas sorprendidos en un error. No puedo evitar recordar el comentario irónico de uno de ellos, hombre ya de cierta edad, enemigo ferviente de los bancos y de carácter un tanto colérico. Al informarle con el mayor tacto posible que un contrato de compraventa redactado por él debía ser corregido ya que adolecía de un flagrante vicio de nulidad, me miró con desprecio y me dijo: "Corregiré lo que me pide, para no perjudicar a mi cliente. Pero sepa que como abogado de banco, pertenece usted al gremio de las tres "P": parásitos, psicópatas y paranoicos. Parásitos, porque se aprovechan del trabajo ajeno para justificar el propio. Psicópatas, porque se deleitan con las equivocaciones ajenas. Y paranoicos, porque detrás de cada error intrascendente se imaginan que hay un tinglado montado deliberadamente para estafar a su banco". Y se retiró dignamente, provocándome una pequeña crisis vocacional que me duró algunos días.

De las tres "P" que me endilgó el colega, aquella en la que estuvo más desacertado fue la de "psicópata". En efecto, existe la creencia generalizada e infundada que los abogados de banco nos refocilamos al pillar un gazapo ajeno. Sin embargo, ello no es así. En los tiempos actuales existe una gran presión de nuestras instituciones para llevar adelante los negocios y debemos tener fuertes y convincentes argumentos para osar entrabarlos aduciendo la presencia de un vicio legal. Así las cosas, el error en vez de producir un regocijo, crea angustia y desconcierto, pues más difícil que detectarlo lo es analizar los riesgos que se pueden derivar de él, y aquilatar si ameritan o no el dilatar o el echar a pique un negocio que todos están interesado en llevar a cabo. Este análisis se ve afectado por las estadísticas, ya que el viejo dicho de que "las nulidades existen solamente en la mente febril de los abogados de banco", mucho tiene de cierto. De hecho, son contadísimas las ocasiones en que los errores detectados se traducen en acciones de nulidad ante los tribunales, por lo que la tentación de pasarlos por alto es siempre atractiva. Es en ese panorama de urgencias, presiones, situaciones legales ambiguas, opiniones dispares y estadísticas de baja "siniestralidad", que el abogado de banco debe decidir si ser indulgente con el error e ignorarlo, o destacarlo como un factor de riesgo importante.

Todo lo anterior me lleva a controvertir tardíamente al colega de las tres "P", en el sentido que las características de los abogados de banco que nos hacen triplemente merecedores de esa letra son otras, a saber : "prudentes, puntillosos y pacientes".

Ahora bien, en mi largo tiempo de abogado de banco, el error que he visto con más frecuencia es el de las compraventas entre marido y mujer , contrato que al decir de un colega tremebundista "está infecto hasta los tuétanos con la gangrena de la nulidad absoluta".

En el campo judicial, el error se mueve con enorme agilidad, allanado su camino por los plazos fatales, la modalidad kafkiana de incluir los Sábados entre los días hábiles (a pesar de ser intrínsecamente "inhábil"), los trámites inœtiles y traicioneros (como el famoso "hacerse parte" de las apelaciones ) y, en fin, toda la zarzamora procesal que justifica aquel viejo dicho segœn el cual "la Justicia es aquella maraña donde perecen los débiles".

En definitiva, en nuestra vida profesional los errores siempre estarán allí, acechándonos en la oscuridad. Debemos intentar minimizarlos, pero también aceptarlos como consustanciales a nuestra naturaleza, ya que como dice el mensaje de nuestro Código Civil, "obra perfecta ninguna tal ha salido hasta ahora de la mano del hombre". Así, debemos ser indulgentes con nuestros yerros y acogerlos benévolamente como semillas de la modesta flor de la humildad.

Sin embargo, debemos reconocer que muchas veces, al constatar la presencia cruel de aquel error involuntario que nos ha arruinado un fatigoso trabajo, nos hemos visto tentados a decir como San Alfonso, "Ah mundo, ya te he conocido", y cambiar de giro.
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