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Revista Nº 21
TEMAS
 
De la Cortesía Jurídica

En una oportunidad, un colega amigo concurrió a un juzgado de Policía Local a interceder por una hermana suya. Aquella había sido citada por un Inspector Municipal por mantener escombros de una reparación hogareña frente a su casa, a pesar de que el camión contratado para su remoción los había retirado menos de una hora después de la citación. En la audiencia que obtuvo con el juez, se acercó al estrado y, en ánimo coloquial, apoyó las manos en el escritorio del magistrado, produciéndose el siguiente diálogo:

Abogado (sonriendo melifluamente): "Colega, le he pedido esta audiencia para..."

Juez (severo): " Perdón, ¿de qué Tribunal es Ud. juez?"

Abogado (desconcertado, la sonrisa ya esfumada): "Ejeemm...yo no soy juez, colega, soy solamente abogado, como Ud." Juez (más severo aún): "Entonces, si no es juez, no cometa la impertinencia de tratarme de colega".
Abogado (serio y compungido): "Bueno, magistrado, lo que ocurre es que..." Juez (severísimo): "Además, sírvase retirar inmediatamente sus manos de mi escritorio y mantener la postura respetuosa que se requiere frente a un juez de la República..."

Demás está decir que el único fruto que se logró de la gestión de mi amigo, fue que su hermana recibió la sanción más alta asignada por la ley a la falta cometida, una multa cuantiosa que él pagó de su peculio personal, carcomido por el remordimiento de su desastrosa intervención.

Otra historia es una anécdota personal. Recién recibido de abogado, tomé un juicio que ya llevaba un tiempo de tramitación. Se trataba de una demanda de cobro de una comisión de corretaje por una propiedad que mi cliente sostenía haber comprado sin la intervención del corredor de propiedades. El cliente tenía una fe ciega en su causa y desoyó mi consejo de llegar a un avenimiento, a pesar de que la otra parte estaba dispuesta a aceptar un pago parcial y a plazo. Cuando el juicio se perdió con costas en última instancia, valientemente lo cité a una reunión para informarle cara a cara del naufragio judicial de su defensa. "Esto me pasa por haber confiado en un aprendiz", gritaba el cliente, incapaz de reprimir su ira. "Por qué no contraté un abogado "macuco" y me confié en un mocoso inexperto, todavía con olor a leche", voceaba con voz estruendosa, haciendo vibrar los vidrios de mi oficina. Como sus berridos se oían a cuadras a la redonda, durante un tiempo fui conocido por todo el edificio de oficinas donde se ubicaba entonces la mía como el "olor a leche". Este penoso incidente me convenció de cuanta verdad hay en aquello de que a los ojos de los clientes, cuando un juicio se gana, es porque la causa era buena y, cuando se pierde, es por culpa del abogado. Confieso que el cliente tenía algo de razón, en cuanto a que en esa época yo era un abogado aprendiz (y todavía lo sigo siendo, pero los años me han dado un cierto aplomo para disimularlo). Sin embargo, el juicio había sido tramitado diligentemente y se había hecho cuanto se había podido en defensa de sus intereses del cliente. De esta forma, no resultaba muy justo achacar la pérdida del juicio a mi bisoñería.

Pues bien, a estas alturas el estimado lector se preguntará por qué he contado estas historias. La explicación es que en todas ellas ronda el tema de la cortesía, es decir aquella atención, respeto y buen modo que idealmente debemos mantener los seres humanos en nuestras relaciones. Como nuestra profesión está esencialmente ligada a las relaciones humanas, el tema de la cortesía es de particular importancia por lo que a continuación nos permitiremos algunos breves comentarios sobre el particular. Para ello, distinguiremos las distintas relaciones que mantenemos en el plano profesional en tres grupos, a saber aquellas entre colegas, entre abogados y jueces y entre abogados y clientes.

Respecto de las relaciones entre colegas, conviene recordar la plena vigencia de la siguiente norma del Código de Etica, sobre todo en estos tiempos de alta competencia profesional en que, para algunos, caballerosidad es sinónimo de ingenua debilidad:

"Entre los abogados debe haber fraternidad que enaltezca la profesión, respetándose recíprocamente, sin dejarse influir por la animadversión de las partes. Se abstendrán cuidadosamente de expresiones malévolas o injuriosas y de aludir a antecedentes personales, ideológicos políticos o de otra naturaleza de sus colegas.

"El abogado debe ser caballeroso con sus colegas y facilitarles la solución de inconvenientes momentáneos cuando por causas que no le sean imputables, como ausencia, duelo, enfermedad o fuerza mayor, estén imposibilitados para servir a su cliente. No faltará, por apremio de su cliente, a su concepto de la decencia y del honor."

Respecto del segundo grupo de relaciones, es decir entre abogados y jueces, debemos reconocer que con alguna frecuencia los abogados nos vemos sometidos a faltas de cortesía en los estrados. Pareciera que los jueces tendieran a olvidar su condición primaria de abogados, para no brindar aquel trato cordial y considerado que naturalmente brota en todo profesional frente a un colega. Quizás un factor del problema está en el tratamiento de "Señoría" que el Código Orgánico nos obliga a dispensarles, el que establece una barrera inalcanzable que ahoga la posibilidad de una sana fraternidad entre colegas. A lo mejor, sería conveniente que en esta materia acogiéramos un antiguo consejo del juez francés Magnaud, quien a fines del siglo XIX dirigió una carta circular a los jueces de paz de su jurisdicción, adjuntándoles un modelo a seguir en la correspondencia oficial que se le dirigiera como Presidente del Tribunal de Ch‰teau Thierry . En ella los instruía a usar la simple fórmula de "Señor Presidente", señalando textualmente lo que sigue: "Este modelo, muy suficiente para salvar todas las conveniencias, reemplazará en lo sucesivo las fórmulas de política más o menos serviles u obsequiosas actualmente en uso, fórmulas que no tienen otro resultado que el de rebajar la dignidad humana."

Por último, y con respecto a las relaciones con los clientes, es útil recordar algunos consejos del anticuado Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Carreño, que aún hoy conservan validez :

"El abogado debe poseer un fondo inagotable de bondad y tolerancia para que pueda ser siempre cortés y afable con sus clientes. La persona que se encuentra empeñada en una litis considera de grande importancia la eficacia de su patrocinante y, naturalmente, le busca con frecuencia para suministrarle datos, para informarle de los incidentes que ocurren y, a veces, sin otro objeto que estimularle a obrar con la actividad que ella desea y recomendarle más y más su negocio. Y como las variadas ocupaciones de un abogado no le permitirán siempre entrar de muy buena voluntad en estas conferencias, especialmente cuando no las encuentre oportunas e indispensables, es necesario que se arme en tales casos de paciencia y considere que éstas son incomodidades inseparables de su profesión, a fin de que no se manifieste nunca enfadado y no incurra en la brusca descortesía de recibir mal a aquel que ha depositado en él su confianza y le ha creído capaz de defender hábil y honradamente sus intereses.

Un cliente no debe, por su parte, abusar de la tolerancia y cortesanía de su abogado, haciéndose pesado en la narración de los hechos de que necesite imponerle ni con frecuentes visitas ni con consultas fútiles e impertinentes o con recomendaciones innecesarias que pueda interpretar como una ofensiva desconfianza de su lealtad y su eficacia. Es una vulgaridad y al mismo tiempo una señal infalible de un entendimiento vacío, el entregarse exclusivamente a un pleito, sea cual fuere su entidad, haciéndolo constantemente materia de la conversación y manifestándose preocupado de esta única idea; es de aquí que nace esa ofuscación que conduce a un cliente a molestar y fastidiar a su abogado, manejándose a veces como si éste no tuviese otra ocupación que atender a su negocio"
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