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Revista Nº 20
TEMAS
 
Los Obstáculos al Cambio en la Enseñanza del Derecho
Por Carlos Olivos M.

Periódicamente, se alzan voces en nuestra comunidad jurídica para expresar disconformidad con los métodos de enseñanza y evaluación en las escuelas de Derecho. Se dice que los métodos no han variado en los últimos sesenta años y que conforman un sistema anquilosado, debido a la inercia e incapacidad de producir algo nuevo que sea apto y adecuado a los requerimientos de una realidad social que ha cambiado radicalmente.

La enseñanza del Derecho es más informativa que formativa y el sistema de evaluación mide, casi exclusivamente, la retención memorística de información. Las clases de Derecho hoy en día no son más que repetición o anticipo de lo que nos dicen los textos legales, con un papel pasivo de los alumnos y sin un mínimo grado de investigación de los agentes involucrados en el proceso de enseñanza.

Juristas destacados de nuestro medio coinciden en tal diagnóstico y asílo han expresado en diversos artículos o foros. En la descripción de la realidad existente y sus consecuencias prácticas hay mucha coincidencia y se repite el mismo diagnóstico del mal que nos aqueja, pero no abundan las soluciones ni existe una real comprensión de cuál es esta realidad distinta que vivimos.

El diagnóstico generalizado dice que:

- No se tienen definidos con algún grado de claridad los objetivos que persigue la enseñanza de este saber.

- Al no tener claros los objetivos, no se acierta con los contenidos, los que aparecen dispersos, enciclopédicos y sin conexión con la realidad.

- Predomina la clase magistral, en la que el alumno juega un rol pasivo, es decir, no se usan metodologías alternativas.

- La enseñanza es más informativa y memorística que formativa.

- El sistema de evaluación, concordante con la enseñanza, indaga la retención memorística de información.

- No existe cambio, porque no hay tiempo dedicado a ese esfuerzo. La mayor parte de los profesores son abogados o jueces que tienen otra actividad principal; no son de jornada completa ni media jornada en la universidad, sino que concurren a ella sólo para dar su clase y para el examen final.

- El alumno está acostumbrado a ser un ente pasivo, cuya predisposición es limitarse a escuchar y tomar apuntes, lo que resulta mucho más cómodo. Inclusive, ni es necesario asistir mucho a clases, pues lo que dice el profesor es lo mismo que está en los manuales; basta memorizar unos días antes del examen.

Posibles soluciones
En materia de soluciones son pocas las proposiciones. Cabe destacar, sin embargo, planteamientos generales, en el sentido de que más que información normativa, que muy pronto puede quedar obsoleta o ser reemplazada por otra, lo que las escuelas de derecho deben pretender es crear en el estudiante un sistema de pensamiento y de razonamiento que le permita orientarse y profundizar en los sistemas normativos. Por ello, se debe partir por los principios, por las instituciones y las normas, no por el camino inverso, en que se parte por las normas de detalle y jamás se llega a comprender los principios que fundamentan normas e instituciones.

Esto no es nuevo y varios han sido los intentos por cambiar las cosas. Cabe recordar el enorme esfuerzo que se realizó en la Universidad de Chile al comenzar la década del setenta, creando comisiones y grupos de trabajo abocados a renovar los planes y programas de estudio de nuevas metodologías, adentrándose en el campo de la pedagogía. La llamada reforma Velasco, finalmente, no se llevó a la práctica y quedó en algunos intentos, volviendo a lo mismo de siempre. Posteriormente, en 1991, trabajó otra comisión que entregó una nueva propuesta con precisión en los objetivos, introducción de distintas metodologías y formas de evaluación distintas, pero tampoco se pudo llevar a la práctica. ¿Qué enseñamos como Derecho?
Una de las razones de mayor peso en la inercia existente en las escuelas de Derecho y que dificulta cualquier cambio, dice relación con la concepción misma de Derecho que se maneja. La buena, regular o mala formación jurídica depende, en buena medida, de qué enseñamos como Derecho, ya que esto determina los objetivos, las actividades para llegar a ellos y la evaluación.

No cabe duda que nuestra concepción del Derecho es reduccionista y doblemente reduccionista, como lo ha puesto de relieve, entre otros, don Agustín Squella. Reduccionista, porque se le concibe sólo como norma y, de ellas, se enfatiza sólo la legislación. Se olvidan así los otros dos elementos esenciales del fenómeno jurídico, como son los hechos sociales, que dicen relación con su creación, su eficacia o ineficacia y los valores. Asimismo, se postergan y desconocen la importancia de la sentencia judicial o de los principios generales del Derecho.

Si saber el Derecho lo entendemos sólo como saber lo que dice la ley, entonces entenderemos el estado actual de la enseñanza del Derecho.

Se sigue entendiendo, enseñando y tratando de manejar el Derecho como hace 40 ó 50 años atrás (algunos afirman que son más de cien años), en circunstancias que no sólo la realidad social, económica, política y jurídica está cambiando aceleradamente, sino también nuestra psiquis. Nuestra forma de razonamiento, predominante durante dos a tres siglos, ha cambiado radicalmente. Para poder acertar con los objetivos, contenidos y metodologías resulta imprescindible conocer en qué y cómo ha cambiado la realidad social y mental del hombre en las últimas décadas.

No se puede negar que hoy vivimos una nueva era histórica de carácter global en la cual hasta el concepto de Estado - Nación y el de soberanía están en crisis. Se están generando poderosas fuerzas de globalización que arrastran con ellas al Derecho. Vivimos una desterritorialización de la riqueza, el poder y la información; junto a la globalización de la economía y finanzas que es la más visible, se produce también una globalización jurídica en que el Derecho internacional se transforma aceleradamente y asume funciones dominantes sobre los sistemas jurídicos nacionales. Los más visibles y conocidos ejemplos han sido el juicio a Augusto Pinochet en Londres y el proyecto de creación del Tribunal Penal Internacional, precisamente porque es en el ámbito de los derechos humanos donde más se ha notado la aparición de mecanismos e instituciones globales.

Se producen, entonces, situaciones de relación absolutamente nuevas donde es imposible aplicar el Derecho estatal, como en el ciberespacio de Internet en el cual son esenciales la aterritorialidad y la no regulación, o como en las redes digitales que permiten interconectar en cuestión de segundos al mundo completo. La publicación de información vía Internet, inclusive del cuaderno reservado, de la investigación judicial de la llamada "Operación Océano" (durante la prohibición de informar); la publicación de "El Libro Negro de la Justicia" pese a su censura y prohibición; la oferta pública de valores extranjeros realizada a través de la red desde un servidor ubicado fuera de los límites territoriales de Chile y, en el espacio virtual, sin inscripción en registro de la Superintendencia; el creciente comercio electrónico, son los ejemplos más visibles de este fenómeno. El ordenamiento jurídico, que creíamos una unidad cerrada y de gran estabilidad, hoy debe relacionarse y equilibrarse con otros ordenamientos y con normas supranacionales.

Más que información, formación
Pero todo esto no es más que una pequeña arista que podemos percibir del cambio fundamental que se está produciendo. Ya en los años setenta el filósofo canadiense Marshall Mac Luhan investigó y explicó el cambio radical que ocurre en nuestra psiquis por efecto de las nuevas tecnologías y, específicamente, por los medios eléctricos, y acuñó el término de "aldea global". Zbignew Brzezinski, a su vez, nos habló de la "era tecnotrónica" y prefirió el término de "ciudad global", así como la formación de una "conciencia humana global". En la década siguiente Alvin Toffler analizó en detalle la sociedad de la "tercera ola". Y así, en los años noventa Eric Mac Luhan continúa las investigaciones de su padre y nos revela cómo cambia también el rol del aula de clases y el estudiante. La forma de pensar analítica y lineal formada a partir de la escritura, la imprenta y el libro, ha ido dando lugar a una mentalidad de mosaico en la que lo fundamental es la síntesis.

Resulta entonces medianamente claro que quienes se ocupan de la enseñanza del Derecho deben interesarse en conocer qué cambios se han operado en la realidad social e individual, así como indagar en los aportes de la moderna pedagogía. Son dignos de ser considerados algunos de los principios que fundamentan la reforma educacional que se intenta llevar adelante en la enseñanza básica y media, en especial aquellos que apuntan a un aprendizaje significativo, a un hacer para aprender y a despertar la iniciativa y actividad de los propios estudiantes, ya inmersos en esta nueva cultura que los medios moldean.
Hoy el problema no es la información, que antes sólo tenía el profesor o la biblioteca. Hoy el conocimiento está también fuera de las aulas y el estudiante puede tener acceso rápido a respuestas tanto o más que el docente. Pero, como continuamos enseñando al viejo estilo, el estudiante se queda sentado esperando sólo tomar apuntes de lo que el profesor diga y eso será lo que debe recordar y con eso basta.

Por lo señalado, sostenemos que más que información se requiere formación, más que cantidad de datos se necesita aprender a manejarlos. La escuela de Derecho es un lugar donde se debe aprender sobre todo a construir un sistema de pensamiento y razonamiento, donde se asumen conceptos y contextos, se aprende a conocer el Derecho y, específicamente, nuestro ordenamiento jurídico. El estudiante de Derecho profundizará en las normas, pero también deberá comprender el por qué de las cosas, desvelar las implicancias prácticas de tal o cual posición doctrinaria, llegar a aplicar las técnicas jurídicas que le permitan interpretar, integrar o solucionar antinomias y, finalmente, ser capaz de emitir juicios críticos sobre el derecho existente y su aplicación práctica o eficacia. En síntesis, se trata de aprender aquello más permanente del Derecho y conocer los caminos para investigar el resto. Respecto a la actividad docente, el profesor no puede pretender enseñarlo todo: es simplemente imposible. Hoy en día ya no es el poseedor de todo el conocimiento, ni el aula el único lugar en donde éste se halla. De tal forma, entonces, el profesor será más un ordenador, un guía, un orientador, un asignador de trabajos, el timonel en el trabajo de análisis y fundamentalmente de síntesis que hoy es necesario realizar. Claro que ello requiere también otro tipo de estudiante, activo y no pasivo, crítico y no reverencial.

En lo relativo a metodología y evaluación, en términos generales se debe buscar un equilibrio de métodos, sin descartar ninguno, ya que es tan útil una clase magistral como una clase activa, un método socrático como un trabajo en grupos o una investigación dirigida. Asimismo, no se debe evaluar todo en términos de conductas operacionales homogéneas (lo inmediatamente observable y medible), como se plantea en el modelo curricular de objetivos, sino también en base a problemas, situaciones y casos que enfrente el estudiante y que suelen tener frecuentemente respuestas diversas, como lo plantea el modelo curricular de procesos más actual.

Hechos que obstan al cambio
Conforme con lo expresado, las circunstancias o hechos que impiden el cambio hacia una mejor enseñanza del Derecho se pueden resumir en los siguientes puntos y quedan así de manifiesto las cuestiones que deben ser superadas, frente a lo cual no somos muy optimistas:

- La concepción reduccionista del Derecho, que tiene una tradición de más de cien años.

- El hecho de no tener profesores de jornada completa o media jornada. La mayoría son profesores por horas de clase.

- El prejuicio de los abogados hacia la pedagogía o los conocimientos que pueden entregarle las ciencias de la educación, al no entender su valor.

- La innovación (clase activa y forma diferente de evaluación) supone un mayor trabajo que repetir los libros de texto e intelectualmente un desafío mayor para el profesor y el estudiante. En la mayoría de los casos, las escuelas no cuentan con ambientes físicos y el número de alumnos adecuados para la clase activa. Así pues, la renovación de los estudios de Derecho no resulta tarea sencilla y depende de diversos factores nada fáciles de superar, que pasan por el ámbito intelectual, de hábitos y otros de carácter económico. El primer paso es reconocerlos para intentar esta superación.
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