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Revista Nº 20
ETICA
 
Los Desafíos del Derecho en el Mundo Actual
Por Luis Eduardo Thayer M.

La "globalización" y "el cambio" son, tal vez, las dos variables más "permanentes" del acontecer social que vivimos. Son, al mismo tiempo, dos factores que, en la dinámica del mundo de hoy, hacen imposible prescindir de sus efectos, de sus consecuencias, de sus bondades y de sus imperfecciones. También, ambos traen consigo una gran incertidumbre respecto del futuro y de sus proyecciones. No sólo es la interrogante de "¿hasta dónde llegaremos con esto?", sino que, además, de ¿cuánta más dependencia nos generará la necesidad de no quedarse atrás para no caer en la obsolescencia, o bien, no ser desterrados a la marginalidad?

Buscando respuestas a estas interrogantes, surgen otras que limitan, sin duda, con la ética. La velocidad del cambio y la globalización, por ejemplo, es tan vertiginosa que, en la práctica, agota nuestra capacidad de asombro o el tiempo necesario para asombrarnos. Los asumimos, casi automáticamente, sin siquiera pensar o razonar a dónde nos conducen. Surge, con ello, el riesgo de transformarnos en "monstruos" o que sus eventuales bondades muten derechamente en perversiones. Sin embargo, tratándose de dos fenómenos que no pueden ser calificados a priori de "buenos" o de "malos", depende y dependerá siempre de nuestra conducta, individual y colectiva, que sean asumidos para el bien de cada uno y de la sociedad en su conjunto.

El cambio y la globalización exigen, pues, hoy día, sólidos y claros fundamentos éticos, tanto en quienes intervienen en su respectiva dinámica como en los que experimentan sus consecuencias. Especialmente, los Estados y sus autoridades, las organizaciones intermedias de la sociedad, sus líderes, los empresarios y los medios de comunicación tienen una tremenda responsabilidad moral al enfrentar sus obligaciones y ejercer sus labores, funciones o actividades. La tienen, en las orientaciones e informaciones que entreguen, en su propio comportamiento y en las regulaciones y controles que hayan de establecerse para hacer posible "el buen uso" de los medios y herramientas que ambos fenómenos proporcionan.
Se ha dicho que en el siglo XXI, la gran discusión se centrará en la ética. Y, sin duda, tal afirmación cobra una poderosa vigencia, cuando observamos que las regulaciones y normativas que se dictan van quedando rápidamente obsoletas como consecuencia de las nuevas realidades que el cambio y la globalización, movidos por el avance científico y tecnológico, van presentando. Pensar, nada más, en las regulaciones para la utilización de Internet es ya una tarea prácticamente imposible de abordar, si transitamos sólo por el camino de los tradicionales sistemas de control externo, como son las normativas legales y reglamentarias. Debemos observar que nuestro futuro mediato e inmediato, deberá enfrentarse, cada vez más claramente, a través de la promoción de sistemas "de control interno". Esto es, mediante el fortalecimiento de bases morales muy sólidas que muevan a la autoregulación de nuestra conducta personal y social.

La difícil tarea de legislar
Podemos ver cómo la gran demanda social de hoy día es que se dicten leyes y regulaciones, para miles de cosas. Para sancionar con mayor rigor la delincuencia y la corrupción, para proteger el medio ambiente y al consumidor, para que el acceso a la justicia sea más igualitario y ésta sea más eficaz. En fin, la suma de esas demandas se hace interminable. Sin embargo, se hace, también, cada vez, más difícil la tarea de legislar, porque la dinámica del acontecer social tiene una velocidad mucho mayor que el ritmo de la actividad legislativa. El entrampamiento en que nos encontramos tiene que ver con esto. Y valga la siguiente reflexión. Tal vez, hasta hace dos siglos hacer un Código apropiado no requería más que un buen jurista para que sus disposiciones rigiesen, eficazmente y por largo tiempo, en muchos lugares del mundo. Ello era posible porque la dinámica del cambio social era muy lenta. Pero, a partir de allí, cuando irrumpe el "boom" de la ciencia y la técnica, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, dicha dinámica inició una vertiginosa aceleración, sin que el Derecho ni la actividad legislativa haya podido responder con una aceleración proporcional o semejante. Desde esta perspectiva, podríamos afirmar que no es que el Derecho haya perdido o cambiado sus valores fundamentales de Justicia, Paz, Orden y Seguridad, sino que, en su respuesta al acontecer del siglo que termina, no los ha podido reafirmar con la fuerza necesaria por haber carecido de instrumentos influidos, en lo más profundo, por las circunstancias sociales. Un Derecho estático, que no es capaz de responder a los estímulos derivados de los cambios evolutivos y revolucionarios de la sociedad tiende, irremediablemente, a perder su imperio y, seguramente, a ocasionar efectos desastrosos.

No sería aventurado afirmar que el Derecho no ha sabido enfrentar esa problemática que el mundo actual le presenta. Pareciera que se hubiese acostumbrado a vivir de los mecanismos legales que sirvieron hace ya tiempo. Da la impresión que la cuidadosa red de normas que el Derecho tejió durante milenios se transformó, como consecuencia del brutal cambio social del último siglo, en una inmensa telaraña que lo ha atrapado y de la cual no ha sabido cómo salir, o bien, en la que yace aturdido por el impacto que significa tener, a lo mejor, que romper y modificar sustancialmente los modelos de regulación de la sociedad que ha ideado y desarrollado en el transcurso de la historia. Algo es definitivo. Las formas de vida y la vida misma del hombre han experimentado un cambio radical e irreversible en el último siglo y medio. La globalización, como fenómeno de la última década, es la reafirmación de ello. Por eso, la urgencia con que el Derecho debe compenetrarse profundamente en la problemática del mundo de hoy es incuestionable. Es mucho lo que tiene que entregar para dar respuesta a tanto requerimiento.

Podría decirse que corresponde al Estado, a sus órganos y a sus líderes, la gran tarea de buscar y encontrar, de manera oportuna, nuevos instrumentos de regulación social que respondan, efectivamente, a las realidades del presente y del futuro, pero el aporte de los juristas, de las universidades donde se forman los abogados y de un Colegio como el nuestro, es decisivo. Sobre todo, en la validación y perfeccionamiento de esos nuevos instrumentos, porque no pueden estar exentos del sentido ético que inspira a los valores permanentes del Derecho. Se trata de una tarea de estudio y de reflexión jurídica, filosófica y política. Nos exige un gran esfuerzo para la comprensión de las nuevas realidades. Constituye un tremendo desafío que los abogados no podemos eludir, porque el debate ético que ha comenzado a darse, a raíz del "cambio" y la "globalización", tiene uno de sus centros más neurálgicos, precisamente, en la búsqueda de caminos que hagan posible la convivencia social de la humanidad.
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