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Las reformas tributarias por Juan Manuel Baraona
Diario La Tercera
Lunes, 8 de agosto de 2011
Negocios
 
Chile es un país que ha vivido numerosas reformas tributarias. Durante el régimen militar hubo dos reformas relevantes: la de 1974, que creó el IVA y modificó sustancialmente la Ley de la Renta, y la del año 1984, que creó la actual estructura de tributación a la renta. Luego, en democracia, hemos tenido cuatro reformas: la principal, de 1990, en el gobierno del Presidente Aylwin, que contenía modificaciones estructurales a la ley vigente; las modificaciones tributarias de 1998 del Presidente Frei; las reformas del Presidente Lagos, incluyendo el, así llamado, royalty minero, y la más reciente, del Presidente Piñera, que modificó el royalty para allegar fondos para la reconstrucción, subiendo, además, temporalmente el Impuesto de Primera Categoría.
 
En estos días se escuchan nuevamente voces transversales pidiendo una nueva reforma tributaria, esta vez para financiar la educación. Hay ideas muy bien inspiradas, pero observo que no contemplan las consecuencias de las propuestas.
 
El sistema tributario tiene tres características que deben considerarse para hablar de reformas tributarias. En primer lugar, es una estructura interconectada, de modo que lo que se hace en una parte de ella puede repercutir en otro extremo de la misma. En segundo lugar, es una estructura compleja, destinada a regular negocios que son complejos, por lo que no hay leyes tributarias simples. Y, en tercer lugar, la ley tributaria está destinada a regular las conductas de personas a las cuales, entendiblemente, no les gusta pagar impuestos y que son capaces de identificar siempre, o casi siempre, mecanismos alternativos para evitar o reducir legalmente el pago.
 
En virtud de lo anterior, preocupan algunas ideas que están circulando sobre tributación de rentas. Se propone subir el Impuesto de Primera Categoría que pagan las empresas de 17% a 25%. Efectivamente, puede haber cierta holgura para mantener el impuesto en el 20% -que subió temporalmente este año-.
 
Pero subir a un 25% es demasiado, pues dicho incremento de tasa equivale a aumentar el impuesto en un 47%. Además, el impuesto es un gasto, y teniendo en cuenta que la tasa actual ya está rebajada como gasto de los estados financieros de las empresas, dicha alza implicaría una disminución del margen de utilidades actual en un 9,6%. ¿Quién se ha planteado qué consecuencias acarreará el alza en el aparato productivo? ¿Qué sucederá con la inversión financiada con el ahorro interno de las empresas?
 
A lo ya señalado es preciso agregar que hay empresas grandes y muy pequeñas, con gran diversidad entre ellas. ¿Qué tienen en común? Simplemente, ser empresas, es decir, organizaciones de capital, trabajo y emprendimiento. La pregunta es: ¿Deben tributar igual una gran empresa y una paquetería? La respuesta es, obviamente, no. Entonces, se podría argumentar la existencia de tasas diferenciadas o progresivas de acuerdo al tamaño de la empresa, como lo ha hecho la proposición de Chile 21.
 
Pero no es tan fácil como parece. No solamente hay que tomar en cuenta el tamaño de la empresa, sino el número de sus propietarios. No es lo mismo una empresa pequeña con un solo dueño, que una de mayor tamaño con 50 socios. Cuidado, tasas diferenciadas pueden terminar favoreciendo al primer empresario y perjudicando a los otros 50. Y si eso ocurre, se estaría alentando a que las empresas se subdividan en una seguidilla de "empresitas", salvo en aquellos casos en que por razones de escala ello no es posible.
 
Otra idea que se plantea es que la reforma favorecerá a las personas. Veamos la letra chica de esta buena noticia, pues se requiere de muchas precisiones para comprender su alcance.
 
Respecto de estos impuestos, se habla de una tasa "pareja" de 25%. Si se entiende literalmente la expresión, todos deberían pagar 25%. Si se aprueba una reforma de este tipo, un 98,4% de todos los contribuyentes pasarían a pagar más que antes: pues a la gran mayoría de las personas naturales les beneficia la progresividad de los impuestos.
 
¿Significa, entonces, que la propuesta es que exista una tasa pareja que la paguen los que tienen una renta equivalente a aquella con que comienza el tramo de 25%? Si es así, de acuerdo, pero aclaremos que eso deja tributando solamente al 1,6% del total de estos contribuyentes o al 8,8% de los que efectivamente pagan. La solución sería mantener la progresividad hasta el 25% y de ahí en adelante, que exista una tasa pareja homologando a las empresas. Haberlo dicho así.
 
Hay mucho más que comentar, pero el debate recién comienza. Por ello, discutamos pensando en el carácter sistémico de las reformas, pues en materia tributaria bien vale "el efecto mariposa".
 
Juan Manuel Baraona
Abogado y socio del estudio Baraona Marré
 
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